Suele decirse que hay tan solo dos tipos de personas en este mundo, hombres o mejor dicho varones, y mujeres. Los primeros son un extraño espécimen del que mucho no nos interesa indagar en esta en esta ocasión, pero en el caso de las segundas lo que no se aclara muy a menudo es que podemos encontrar a su vez dos subcategorías dentro de las mismas: mujeres lindas y mujeres feas.
No se porqué miserable desgracia del cosmos, quien sabe que sucias cosas harían Zeus y compañía al momento de mi concepción, pero me tocó en suerte encontrarme entre el segundo grupo, en el de las menos agraciadas, y si bien lo importante no es debatir como una llega a semejante nivel de desidia y abandono del cuidado personal como para no permitirse atrapar a un buen hombre… ¡Ejem! triunfar en la vida (revolución feminista), quiero hacer un recuento de todas las desgracias a las que una se somete por estar en esta canallesca categoría. Y nos referimos aquí a menesteres de los mas simplones, de esos que pueden encontrarse acá nomás, “a la vuelta de la esquina” en la vida cotidiana. Y muchas veces, a esta falta de belleza, se le va adhiriendo el aumento de edad, así que, que empiece la enumeración de ejemplos:
Grupo, si se quiere, numeroso de personas esperando el bondi, en el centro de la ciudad: cuando se vé al vehículo aproximarse, todos hacen el correspondiente ademán con el brazo por el terror a quedar varados, finalmente el vehiculo en cuestión se detiene, analizo fijamente y con velocidad, el tipo de futuros pasajeros: dos ancianos, cinco o seis colegialas muy bonitas, una embarazada, un muchachote veinteañero y finalmente su servidora. Comienzan a ingresar en el vehículo en el orden social correspondiente: anciano, embarazada, anciana embarazada, y cuando toca el turno del joven macho alfa, él, muy caballero cede su lugar de ascenso a las señoritas del Sagrado Corazón, no sin antes pispiar muy bien el género y confección de sus faldas. Quedan pocos segundos para que el temible chofer despegue, solo quedamos el joven guapo y yo, cuando me subo la botamanga del sweater y acomodo accesorio femenino al hombro para subir lo mas gracílmente posible y con una coqueta mirada agradecerle que me haya cedido el paso, descubro que el caballero en cuestión se ha olvidado de mí y procede a realizar su propio ascenso al bus por lo que la gracia que yo había intentado acumular se convierte en un desesperado ademán para que el 115 no me deje.
Este tipo de accionar se ven constantemente en ámbitos como ascensores, sitios públicos, colas de supermercados, paseos peatonales y comerciales, la universidad, entre otras.
Entonces yo le digo señorita soltera y poco agraciada, usted no se preocupe, deje de buscar y verá como ya encontrará un hombre que la quiera y la respete por lo que es o mejor dicho en este caso lo que NO es (linda, joven y delgada), porque en estos casos la que no busca encuentra y en todo caso, no se usted, pero en esta vida, yo prefiero “quedarme para vestir santos” y no para desvestir pelotudos.
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