jueves, 28 de noviembre de 2013

La esquina de Balcarce y San Luis:

No es extraño que sea una esquina que trae un poquito de tristeza ya que es aquella que alberga uno de los sanatorios municipales más imponentes, según mi criterio, el CEMAR.

            Son pocas las ambulancias que entran y salen de aquel lugar, son mas los colectivos de línea los que deambulan por aquellas calles, el 144 (rojo y negro) llenos de ingresantes confundidos que no logran terminar de captar cual es el que “va a la Siberia” 125,102, 142. algo de 35/9 y algún que otro taxi.

            Probablemente no sería tanta la tristeza que causara aquella esquina si no fuera que uno recién sale de terapia, con esas ganas locas de gritarle a aquel muchacho infame que le robó el corazón, por no decir atorrante que te usó como quiso: ¡devolveme todo el amor que te dí, hijo de la fiesta!

            En cuanto a los olores se puede decir que no hay ninguno que se destaque en particular en la mencionada esquina, mas allá del perfume importado de alguna que otra señorita uniformada de colegio caro o algún otro vestigio de la por entonces nueva “pizza en cono” a dos cuadras.

            Por esto el que el olfato, al igual que el tacto y el gusto de un chicle bastante antaño le dan paso a la vista y al oído para que se desplieguen en todo su esplendor.

            Pero es principalmente el sentido que tiene como órganos a los ojos el que puede actuar cual puma entre gacelas en aquella jungla urbana de cemento, porque por mas que uno cargue un auricular con alguna que otra milonga triste o melodía urbana ensordecedora y un par de gafas de sol imitación Rey Ben hollywoodense de San Luis o feria del boulevard, uno esta siempre alerta.

            Posiblemente si sale el sol en todo Rosario, la esquina de Balcarce y San Luis quede nublada aun porque no puede perder su esencia triste, aquella que sirve de musa a poetas, escritores y algún que otro sagaz fotógrafo urbano.

            Si uno sigue caminando por Balcarce encaminadísimo como si su misión fuese llegar a Pellegrini, probablemente el sol salga mucho antes de llegar Tribunales. Lo mismo si se dobla por San Luis, intentando conseguir alguna que otra ganga para ese regalo que no tiene ganas de comprar pero  tiene que hacerlo porque son los quinces de la sobrina del jefe y si a uno lo invitaron por algo será…

            Pero volviendo a esta esquina en particular siempre me pregunté porque a los púberes se les da por elegir esquinas para dar paso libre a caricias y arrumacos. Probablemente sea por una cuestión obvia de no dar un espectáculo tan grande en la vía pública a la vista de todos los trasuntes pero más posiblemente aun, sea porque donde dobla una cuadra se da una sensación de protección casi garantizada que los amantes pueden analogar con el amor mismo.

            Sea como sea la esquina de Balcarce y San Luis es una gran albergadora de jóvenes parejas que posiblemente por el hecho de haber sacado una mala nota y tener veinte minutos para pensar que excusa ponerle a los exigentes progenitores o celebrar la alegría de algún que otro análisis que dio positivo o negativo en el momento adecuando, esta esquina da lugar a que las pasiones se desenfrenen como si no hubiera un mañana.

            Y uno sigue con el despecho  ahogándolo muy en lo hondo, por todo lo que acaba de gritarle al psicoalanalista, tratando de correrse cada vez más dentro de los limites de la parada para que sea menos incómodo el momento, menos mal que ahí viene el 44 rojo que me va a permitir llegar a clase a tiempo aunque con la cara llena de lagrimas.

            Hago el ademán correspondiente con el brazo derecho, poblando al izquierdo de bolsos y carpetas, cuando me doy cuenta de lo peor, la parejita también se sube al 44 y éste tiene pocos asientos disponibles.


             Será hora de ir dándose cuenta también en la línea urbana de que el amor románico correspondido definitivamente no es para uno.

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