No
es extraño que sea una esquina que trae un poquito de tristeza ya que es
aquella que alberga uno de los sanatorios municipales más imponentes, según mi
criterio, el CEMAR.
Son pocas las ambulancias que entran
y salen de aquel lugar, son mas los colectivos de línea los que deambulan por
aquellas calles, el 144 (rojo y negro) llenos de ingresantes confundidos que no
logran terminar de captar cual es el que “va a la Siberia” 125,102, 142. algo
de 35/9 y algún que otro taxi.
Probablemente no sería tanta la
tristeza que causara aquella esquina si no fuera que uno recién sale de terapia,
con esas ganas locas de gritarle a aquel muchacho infame que le robó el
corazón, por no decir atorrante que te usó como quiso: ¡devolveme todo el amor
que te dí, hijo de la fiesta!
En cuanto a los olores se puede
decir que no hay ninguno que se destaque en particular en la mencionada
esquina, mas allá del perfume importado de alguna que otra señorita uniformada
de colegio caro o algún otro vestigio de la por entonces nueva “pizza en cono”
a dos cuadras.
Por esto el que el olfato, al igual
que el tacto y el gusto de un chicle bastante antaño le dan paso a la vista y
al oído para que se desplieguen en todo su esplendor.
Pero es principalmente el sentido
que tiene como órganos a los ojos el que puede actuar cual puma entre gacelas
en aquella jungla urbana de cemento, porque por mas que uno cargue un auricular
con alguna que otra milonga triste o melodía urbana ensordecedora y un par de gafas
de sol imitación Rey Ben hollywoodense de San Luis o feria del boulevard, uno
esta siempre alerta.
Posiblemente
si sale el sol en todo Rosario, la esquina de Balcarce y San Luis quede nublada
aun porque no puede perder su esencia triste, aquella que sirve de musa a
poetas, escritores y algún que otro sagaz fotógrafo urbano.
Si
uno sigue caminando por Balcarce encaminadísimo como si su misión fuese llegar
a Pellegrini, probablemente el sol salga mucho antes de llegar Tribunales. Lo
mismo si se dobla por San Luis, intentando conseguir alguna que otra ganga para
ese regalo que no tiene ganas de comprar pero
tiene que hacerlo porque son los quinces de la sobrina del jefe y si a
uno lo invitaron por algo será…
Pero
volviendo a esta esquina en particular siempre me pregunté porque a los púberes
se les da por elegir esquinas para dar paso libre a caricias y arrumacos. Probablemente
sea por una cuestión obvia de no dar un espectáculo tan grande en la vía pública
a la vista de todos los trasuntes pero más posiblemente aun, sea porque donde
dobla una cuadra se da una sensación de protección casi garantizada que los
amantes pueden analogar con el amor mismo.
Sea
como sea la esquina de Balcarce y San Luis es una gran albergadora de jóvenes
parejas que posiblemente por el hecho de haber sacado una mala nota y tener
veinte minutos para pensar que excusa ponerle a los exigentes progenitores o
celebrar la alegría de algún que otro análisis que dio positivo o negativo en
el momento adecuando, esta esquina da lugar a que las pasiones se desenfrenen como
si no hubiera un mañana.
Y
uno sigue con el despecho ahogándolo muy
en lo hondo, por todo lo que acaba de gritarle al psicoalanalista, tratando de
correrse cada vez más dentro de los limites de la parada para que sea menos
incómodo el momento, menos mal que ahí viene el 44 rojo que me va a permitir
llegar a clase a tiempo aunque con la cara llena de lagrimas.
Hago
el ademán correspondiente con el brazo derecho, poblando al izquierdo de bolsos
y carpetas, cuando me doy cuenta de lo peor, la parejita también se sube al 44
y éste tiene pocos asientos disponibles.
Será hora de ir dándose cuenta también en la
línea urbana de que el amor románico correspondido definitivamente no es para uno.
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